lunes, octubre 11, 2004

La pandilla

La pandilla

Jesús Silva-Herzog Márquez

Andrés Manuel López Obrador ha consumado la degradación del partido de centro-izquierda que desde hace 15 años anima la competencia política en el país. El partido se ha convertido en pandilla: un grupo político que encuentra en su capacidad de intimidación su verdadera fuerza. Frente al partido que se inserta en el juego democrático y se pone al día, está la idolatría que está dispuesta a incendiar al país con tal de encumbrar al caudillo. El PRD de López Obrador es indistinguible ya de un grupo de choque, de una banda porril que a golpes y gritos se apodera de los espacios públicos para evitar su funcionamiento.

La instrucción es clara: reventar el espacio en el que se decida o discuta un asunto que no les gusta a los seguidores del alcalde. El parlamento será símbolo de soberanía nacional cuando les otorga razón; cuando conforma una mayoría contraria se convierte en palanca de intolerancia e imposición. Cualquier intromisión del Presidente en la vida del Congreso será tachada, por supuesto, como una maniobra autoritaria, como un reflejo del viejo régimen; los porrazos que ellos propinan a la deliberación libre son actos de dignidad, ceremonias de autodefensa. Aquí está la contribución histórica de López Obrador a la izquierda mexicana: transformar un partido en una pandilla de golpeadores.

El porrismo perredista tiene tal certeza de su misión que no tiene regla alguna que acatar. Las normas de civilidad parlamentaria son frivolidades cuando se trata de defender al caudillo. La regla de la mayoría es, en realidad, una treta que hay que exhibir. La regla que importa en su democracia no es la del número sino la de la causa. Que se imponga quien tiene la verdad moral, que calle quien sólo tiene votos. Pablo Gómez lo expresó en una síntesis admirable: la minoría tiene la razón y por lo tanto el derecho de aplastar a la mayoría. Perfecta cápsula de la filosofía política del lopezobradorismo: la democracia como el régimen que otorga soberanía a quien encarna la moral pública.

Nada de estorbos legales, nada de trámites para la formación de mayorías. ¿Para qué contar los votos si ya sabemos que la historia y la moral nos dan la razón?
El retroceso es lamentable. En las escenas del primitivismo perredista observamos la derrota del proyecto de la civilidad democrática. Una tragedia para una izquierda que pudo ser moderna, tolerante, democrática. El tercer partido político nacional, un partido de ambiciones presidenciales, convertido en una fanatizada turba estudiantil.
Los episodios recientes no son menores. Menospreciarlos como anécdota es volverse cómplice de la degeneración política que avanza.

Los aliados del alcalde de la Ciudad de México decidieron clausurar el Congreso. Para aquilatar el sentido de esta acción imaginemos simplemente que otro actor hubiera hecho lo mismo que hicieron los perredistas. Imaginemos, por ejemplo, que los diputados del PAN, anticipando que la mayoría parlamentaria tomaría una votación contraria a los intereses del gobierno, hicieran estallar una sesión del Congreso a través de la violencia y la gritería. Imaginemos que el propio presidente Fox impidiera el funcionamiento de la legislatura, que enviara a sus agentes a detener la discusión en la Cámara de Diputados y que, con todo orgullo apelara a nociones de justicia, de moral y de historia.

Imaginemos al presidente Fox declarar que lo único que hicieron quienes impidieron el funcionamiento de la legislatura fue defender a la nación. Sí, cerré el Congreso en bien de la nación. El escándalo sería inmenso. Todos lo llamaríamos por su nombre: un golpe. López Obrador, por su parte, se rehúsa a condenar el ataque al Congreso y felicita implícitamente a los golpistas afirmando que han defendido los intereses de la ciudad. Impidieron el atraco, dice. Los perredistas no sacaron los tanques a la calle pero lograron el objetivo de los golpistas: callarle la boca a un órgano democrático.

Primero fueron los asambleístas del PRD. Los secundaron después los diputados perredistas que decidieron taparle la boca al Congreso e impedir su funcionamiento. Como hacen los déspotas con las asambleas incómodas, los perredistas silenciaron reiteradamente a un órgano del Estado. No le demos la vuelta: esta semana presenciamos dos golpes al Congreso. Dos operativos exitosos en los que, a través de la violencia, se impidió la marcha del cuerpo que expresa nuestra diversidad. Lo más dramático es que ese golpe ha provenido de los mismos representantes populares que deberían cuidar la dignidad del espacio de la deliberación nacional.

Los legisladores perredistas acuchillando orgullosamente a la legislatura. Y después del golpe, mostrando satisfechos la daga sangrienta. La estampa de la inefable diputada Padierna ocupando por la fuerza el asiento que corresponde al presidente de la Cámara es una estampa elocuente de un fugaz golpe de Estado. ¿Exagero?

Mientras tanto, López Obrador ríe y bromea. Está satisfecho del influjo de sus enseñanzas: ha convertido al Partido de la Revolución Democrática en el brazo electoral del Frente Popular Francisco Villa. El partido tiene caudillo y tiene causa. Tienen la razón de la historia y la moral de su lado. Toda crítica es una conspiración de los perversos. Los principios, dice él, no se negocian. Por tanto, las reglas no tienen por qué ser acatadas. Ante la injusticia hay que rebelarse del modo que sea. Ahí está la dignidad. Nos lo ha dicho reiteradamente: el Proyecto no se detendrá por banalidades como las reglas o la decisión de las mayorías.

Su partido lo sigue como un ciego. López Obrador ha conquistado definitivamente al PRD. Las voces sensatas, como la de Demetrio Sodi, no encuentran espacio para expresarse frente a esta primitiva fogosidad. Quienes gritan la voz del PRD son los mil bejaranos que forman el Comité de Defensa del Indestructible.

Jorge Castañeda hacía la pregunta central hace unas semanas. La gran incógnita alrededor del desafuero de López Obrador y, en general de su conducta pública, es saber si está dispuesto a acatar una resolución adversa. Ya sabemos la respuesta. El iluminado no acatará veredicto contrario. Tiene el respaldo irrestricto de su partido. Ya ha hablado de la resistencia pacífica. Los golpes que sus aliados han escenificado en días recientes son una advertencia -más bien, una amenaza. Si esto han hecho los perredistas para impedir una reforma en el Congreso, ¿qué harán si se pone en el debate el desafuero de su caudillo?

Esta semana el tercer partido político de la República ha dado forma visual a su deslealtad democrática. Las reglas de la convivencia pluralista no los atan de modo alguno. Si hay que romper las reglas, si es necesario callar al Congreso, si es forzoso impedir el funcionamiento de las instituciones, la pandilla perredista está dispuesta al asalto. La soberbia moral del tabasqueño se ha apoderado del PRD. El nuevo autoritarismo está aquí. Ocupa el cuerpo de lo que un día fue el Partido de la Revolución Democrática.